Necesitamos héroes que derroten la violencia

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Por Erik Fabián  Sojo Rodríguez - @eriksojo

En junio de 2016, al norte de Barranquilla, en una mañana de domingo, los feligreses de la parroquia San Judas Tadeo, del barrio Siape, quedaron atrincherados al interior del templo porque en los alrededores se estaba dando una batalla campal que hacía que las alarmas del barrio se encendieran como alerta comunitaria de las acostumbradas disputas territoriales protagonizadas por jóvenes que se habían auto impuesto una frontera imaginaria que los limitaba desde hacía algunos años.

Este hecho permitió que un joven sacerdote, que desde su época de seminarista había estado atendiendo esta clase de zonas donde la vulnerabilidad de la pobreza abre una oferta nociva de drogas, alcohol, ocio, microtráfico, delincuencia, embarazos no deseados, armas y sobre todo abandono estatal, emprendiera una misión arriesgada, soñadora y hasta heroica, pues lideró con sus feligreses, con la junta de acción comunal y con la policía un acercamiento con los líderes de las bandas en disputa.

El inicio fue maravilloso, pues luego de que las partes dijeran sí a la presencia del sacerdote, éste de manera astuta los convocó a un campeonato relámpago de fútbol llamado jóvenes a lo bien, que fue eliminando poco a poco los odios y los desfogó en jornadas pacíficas de deporte.

Este primer gran paso dio lugar a la entrega de armas que incluía no sólo puñales y machetes, sino también pistolas hechizas y hasta granadas. Los jóvenes estaban viviendo una realidad de odio que los llevaba a estar al acecho a ver quién daba papaya para poder atracarlo y perderse por las calles del mismo barrio.

Esto dio lugar a la firma de un pacto de paz y reconciliación, que en tiempo record ha logrado un cambio sustancial en este barrio ribereño. Hoy, luego de dos años, los jóvenes manifiestan su gratitud por el liderazgo de un sacerdote que les ha permitido ver nuevos caminos de vida.

Hace pocos días pude estar con ellos y ver de cerca la necesidad de tener una oportunidad de vida para salir adelante. Uno de ellos nos manifestaba que gracias a este proceso pudo obtener reducción en su prontuario delictivo y estudiar en el Sena. Otro muchacho nos comentó que una gran empresa le dio trabajo por ser parte de este proceso. Trabajó por un año y dijo con entusiasmo que confiaba en Dios poder tener otra oportunidad de trabajo.

Pasaron 40 minutos y mientras conversaba con otros muchachos, llegó el joven que había manifestado su deseo de trabajar, brincando y haciendo ademanes de euforia porque luego de la conversación, lo habían llamado nuevamente de la empresa para que en esa misma tarde fuera a firmar su nuevo contrato, pues ya tenía nuevamente trabajo digno en esta gran empresa.

Vale la pena descubrir en las zonas estigmatizadas de violencia, que hay grandes talentos que requieren ser descubiertos por héroes terrenales que ven más allá de las apariencias.

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