Por favor no alimente sus miedos

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Por Erik Fabián Sojo Rodríguez
@eriksojo

Hay quienes manifiestan sin conocimiento, que viven una vida sin estrés, afirmación que carece de validez porque la vida de cualquier organismo vivo está asociada a episodios ordinarios que suscitan en su ser, estrés, entendiendo por éste, el proceso natural que genera una respuesta ante condiciones externas que resultan amenazadoras o desafiantes, que requieren una movilización de recursos físicos, mentales y conductuales para hacerles frente.

Para ejemplificar esto, quiero que asociemos una imagen de una cabra que está pastando reposadamente en un campo y percibe la presencia de un depredador, lo que la hace entrar en un estado de estrés, donde tiene dos opciones, huir o luchar, no hay más.

El episodio anterior se le puede categorizar como estrés agudo, es decir, momentáneo, pues si la cabra decide la huida, a lo mejor emprende una carrera que ni siquiera el campeón olímpico sudafricano Bolt, la lograría atrapar, pero luego de que perciba que ha perdido a su posible depredador, nuevamente vuelve al estado de reposo y seguramente volverá a pastar.

Por otro lado está el estrés crónico, ese que en el largo plazo va generando una afectación en todo el ser de la persona, pues afecta su mente, su corazón, sus defensas, su vida en general. En este escenario se suelen encontrar personas que han decidido no querer salir de allí, pues lo que allí las amarra no son cadenas físicas, sino ataduras mentales.

La mente gobierna nuestro cuerpo, nuestras decisiones nos ponen en el lugar donde deseamos estar, por tanto no es el destino el que así lo quiso, ni la providencia de Dios la única razón de que así sucedan las cosas en nuestra vida, y en este punto me gusta mencionar una frase que escuché de un sacerdote: “poner en manos de Dios, lo que Dios puso en nuestras manos, se llama irresponsabilidad”.

También acudo al filósofo de la Junta, Diomedes Díaz, cuando en una de sus canciones escribía: “no le eches la culpa al destino, porque ha decaído tu vida, que no tiene que ver contigo, si te lo buscaste tú misma”, una gran verdad hecha vallenato.

Es de valientes hacer frente a nuestra realidad de vida, reconocer nuestras fortalezas, debilidades, potencialidades y defectos, y que luego de esa autoevaluación, le digamos a nuestros miedos que ya los conocemos, que no son bienvenidos, así que ni sueñen que serán parásitos de nuestra vida y que no nos van a robar pensamientos, sueños, deseos, metas, que no se vistan, que no van.

Hágame un favor especial, no alimente sus miedos, pues ellos no le darán de comer, por el contrario, le aseguro que lo llevarán a la ruina y lo mantendrán en estrés crónico.

 

 

 

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